
Fútbol el lunes y el miércoles. Natación el martes. Otro entrenamiento el viernes. Partido el fin de semana.
A primera vista, podríamos pensar: qué bien que nuestro hijo se mueva tanto.
Y es cierto: la actividad física es fundamental durante la infancia. Favorece el desarrollo físico, ayuda a mejorar las habilidades motrices, ofrece experiencias sociales y puede contribuir a que el niño desarrolle una relación positiva con el movimiento para toda la vida.
Pero hay una pregunta que, como padres, merece la pena hacernos de vez en cuando:
¿También puede haber demasiado de algo bueno?
¿Dónde está el punto en el que el movimiento deja de aportar energía y empieza a generar cansancio? ¿Cuándo deja el entrenamiento de ser algo que el niño espera con ilusión y se convierte en una obligación más?
¿Y cómo puede saber un padre si su hijo simplemente está cansado después de una semana exigente o si realmente está soportando demasiada carga?
La respuesta no está en un único número mágico.
No existe una única respuesta a la pregunta de cuánto deporte debe hacer un niño que sea válida para todas las edades y para todos los niños.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los niños y adolescentes de entre 5 y 17 años deberían realizar, a lo largo de la semana, una media de al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa.
Los niños más pequeños necesitan todavía más oportunidades para moverse. Entre 1 y 2 años se recomiendan al menos 180 minutos diarios de actividad física variada. Entre los 3 y 4 años, también al menos 180 minutos, de los cuales un mínimo de 60 minutos deberían corresponder a actividad de intensidad moderada a vigorosa.
Sin embargo, hay una diferencia muy importante:
la actividad física no es lo mismo que el entrenamiento deportivo organizado.
Un niño también está físicamente activo cuando monta en bicicleta, juega al pilla-pilla, corre en el parque, juega al balón con sus amigos, camina, trepa o simplemente juega libremente.
No es necesario convertir cada minuto de movimiento en una actividad dirigida por un entrenador.
De hecho, durante la infancia, el movimiento libre y el juego tienen un valor especial.
No existe un número que funcione para todos los niños.
Tres entrenamientos semanales pueden ser una fuente de ilusión y energía para un niño, mientras que para otro —por el colegio, otras actividades, los desplazamientos o simplemente por su personalidad— la misma cantidad puede resultar excesiva.
Por eso, no deberíamos fijarnos únicamente en cuántas horas practica deporte.
Conviene observar su semana en conjunto.
¿A qué hora se levanta?
¿Cuánto tiempo pasa en el colegio o en la escuela infantil?
¿Cuántos deberes tiene?
¿Cuánto tiempo dedica a los desplazamientos?
¿Realiza otras actividades extraescolares?
¿A qué hora cena?
¿Duerme lo suficiente?
¿Le queda tiempo simplemente para jugar?
Y quizá la pregunta más importante:
¿Le queda algún momento en el que no tenga que llegar a ningún sitio?
Para un niño, descansar no es perder el tiempo.
También forma parte de su desarrollo.
Muchos padres se preguntan si es bueno que un niño practique varios deportes al mismo tiempo.
Durante la infancia, puede tener muchas ventajas.
Las diferentes actividades desarrollan capacidades distintas. La natación, la gimnasia, el atletismo, los deportes de pelota, el ciclismo o incluso el baile pueden proporcionar experiencias motrices muy diferentes.
Además, probar distintas actividades permite al niño descubrir qué es lo que realmente le gusta.
La American Academy of Pediatrics advierte sobre los riesgos asociados a grandes volúmenes de entrenamiento, una recuperación insuficiente y la especialización demasiado temprana en un único deporte. Ofrecer experiencias deportivas variadas durante la infancia puede favorecer un desarrollo más amplio y reducir algunas de las presiones relacionadas con centrarse exclusivamente en una disciplina a edades tempranas.
Pero esto no significa que cuantos más deportes, mejor.
Si entre fútbol, natación, gimnasia y tenis el niño termina teniendo una actividad organizada todos los días de la semana, las disciplinas serán variadas, pero su cuerpo y su mente pueden seguir sin disponer del tiempo necesario para recuperarse.
Por tanto, no importa únicamente cuántos deportes practica.
Importa la carga total.
A veces incluso los adultos lo olvidamos.
El cuerpo no se desarrolla únicamente durante el entrenamiento.
También necesita recuperación, una alimentación adecuada y suficiente descanso.
La American Academy of Pediatrics destaca la importancia de encontrar un equilibrio entre la carga de entrenamiento y una recuperación adecuada en los jóvenes deportistas, así como de disponer regularmente de tiempo alejado del entrenamiento específico de un deporte.
Esto no significa que durante esos periodos el niño tenga que quedarse sentado sin hacer nada.
Puede montar en bicicleta, nadar, salir de excursión, probar otra actividad o simplemente jugar.
Lo importante es disponer de momentos para alejarse, tanto física como mentalmente, de las exigencias constantes del entrenamiento estructurado y del rendimiento.
La sobrecarga no siempre es evidente.
No necesariamente comienza cuando un niño dice de repente:
«Ya no quiero hacer deporte».
Muchas veces, las primeras señales son mucho más sutiles.
Quizá por las mañanas le cuesta más levantarse.
Dice con más frecuencia que está cansado.
Está más irritable.
Le cuesta concentrarse.
Empieza a quejarse con mayor frecuencia de pequeñas molestias o dolores.
Muestra menos entusiasmo por los entrenamientos.
O aquel niño que antes esperaba en la puerta con la bolsa preparada incluso antes de que sus padres encontraran las llaves del coche empieza de repente a negociar:
«¿Hoy tengo que ir?»
Una situación así de forma aislada no significa necesariamente que exista un problema.
Todos tenemos días en los que no nos apetece hacer algo.
Los niños también.
La pregunta importante es si se trata de una sensación puntual o de un cambio que se mantiene en el tiempo.
Hay una gran diferencia entre ambas frases.
Un niño puede estar cansado después de un largo día de colegio. Puede estar de mal humor. Puede haberse enfadado con un amigo. O simplemente puede preferir quedarse en casa jugando esa tarde.
Es completamente normal.
Sin embargo, merece la pena prestar más atención cuando durante varias semanas disminuye el entusiasmo por un deporte que antes disfrutaba.
Entre las posibles señales de sobrecarga o agotamiento relacionado con el deporte pueden encontrarse:
La AAP señala que un desequilibrio entre entrenamiento y recuperación puede contribuir a lesiones por sobreuso, sobreentrenamiento, pérdida de bienestar y agotamiento deportivo en jóvenes deportistas.
Por supuesto, una sola de estas señales no significa necesariamente que un niño esté sufriendo burnout o agotamiento deportivo.
El cansancio, el dolor, los cambios de humor o una bajada del rendimiento pueden tener muchas causas diferentes.
Pero cuando varias señales aparecen al mismo tiempo y persisten, merece la pena tomarlas en serio.
Puede ser conveniente reducir temporalmente la carga, hablar con el niño y con su entrenador y, cuando sea necesario, consultar con un pediatra u otro profesional debidamente cualificado.
No:
«¿Has jugado bien hoy?»
Y tampoco necesariamente:
«¿Habéis ganado?»
Sino:
«¿Te lo has pasado bien?»
La respuesta puede decirnos muchas cosas.
Especialmente si no hacemos la pregunta una sola vez, sino que seguimos escuchando a lo largo del tiempo.
Porque una de las funciones más importantes del deporte durante la infancia no es maximizar los resultados.
Es ayudar a construir una relación con el movimiento que pueda acompañar al niño durante toda su vida.
De vez en cuando puede ser útil plantearnos algunas preguntas sencillas:
¿Sigue yendo con ilusión a los entrenamientos?
¿Cuenta espontáneamente lo que ha ocurrido allí?
¿Todavía tiene energía para jugar fuera de los entrenamientos?
¿Duerme suficiente y descansa bien?
¿Tiene al menos un día en el que no haya ninguna actividad deportiva organizada?
¿Le queda tiempo para sus amigos y para jugar libremente?
¿Se queja a menudo de dolor o cansancio?
¿Está más nervioso antes de entrenamientos o partidos?
¿Él quiere seguir practicando ese deporte?
Y hay otra pregunta que quizá sea la más difícil de todas:
Si mañana nos dijera que quiere hacer un poco menos de deporte, ¿seríamos capaces de escucharle sin hacerle sentir que estamos decepcionados?
La mayoría de los padres quieren lo mejor para sus hijos.
Los llevamos a entrenar.
Compramos el material.
Nos levantamos temprano los fines de semana.
Estamos junto al campo.
Celebramos sus éxitos.
Y cuando vemos que nuestro hijo tiene talento para algo, es completamente natural querer ofrecerle todas las oportunidades posibles.
Pero existe una línea muy fina entre apoyar y generar expectativas.
Con el tiempo, el niño puede empezar a sentir que ya no practica deporte únicamente por sí mismo, sino también para satisfacer a sus padres o a su entrenador.
Por eso es importante que su propia voz también forme parte de las decisiones relacionadas con el deporte.
El deporte debería ser algo que hace el niño, no algo que hacemos con el niño.
Quizá en estos casos sea todavía más difícil.
Cuando un niño tiene facilidad, progresa rápidamente y sus entrenadores también ven potencial en él, es fácil que aparezca un pensamiento:
«¿Y si este es el momento de darlo todo?»
Pero el desarrollo infantil no es un sprint.
Y más entrenamiento no significa automáticamente más desarrollo.
Para progresar se necesita el estímulo adecuado, pero también recuperación, motivación, un entorno seguro y tiempo.
El desarrollo a largo plazo de un niño es más importante que conseguir un determinado resultado unos meses antes.
Todo lo contrario.
Queremos que los niños se muevan.
Que corran.
Que jueguen con un balón.
Que trepen.
Que naden.
Que monten en bicicleta.
Que prueben nuevos deportes.
Que se manchen, se cansen, se rían y descubran de qué es capaz su cuerpo.
Pero, al mismo tiempo, necesitan tiempo para ser niños.
No todo movimiento tiene que convertirse en entrenamiento.
No todas las tardes tienen que estar organizadas.
Y no todo talento tiene que desarrollarse lo más rápido posible.
No queremos convertir a todos los niños en futbolistas.
Para nosotros, el fútbol es mucho más que eso.
Puede ser una herramienta para desarrollar la confianza en uno mismo, fomentar la valentía, crear amistades, despertar el amor por el movimiento y permitir que un niño experimente una y otra vez:
Puedo hacerlo.
Por eso no nos fijamos únicamente en cómo rinde un niño durante el entrenamiento.
También nos importa cómo llega.
Y quizá todavía más, cómo se marcha.
Si pudiéramos quedarnos con una sola idea de este artículo, quizá sería esta:
La cantidad ideal de deporte para un niño no es necesariamente la cantidad máxima que todavía es capaz de soportar.
Es aquella que le permite conservar las ganas de volver a moverse mañana.
Porque quizá uno de los mayores éxitos no sea cuántos entrenamientos conseguimos incluir en su infancia.
Sino que, cuando sea adulto, siga poniéndose las zapatillas deportivas con una sonrisa.